Hace unos días, conversando con LA GACETA, el director y actor Rubén Szuchmacher contó que con la obra "Escandinavia" (estrenada el viernes), logró superar algunos problemas personales. Ayer, Sinéad O' Connor confesó a los diarios españoles que la música la salvó. "Era la cárcel o la música. Tuve suerte", sintetizó la irlandesa. La artista japonesa que tanto público atrae en Buenos Aires por estos días, Yayoi Kusama, en una línea de pensamiento similar reveló: "Hago arte para no suicidarme". Y detalló: "Mi producción artística es para sobrevivir al dolor: por eso creo mis obras, para sobrevivir al deseo de muerte; pero luego el dolor vuelve a mí una, y otra, y otra vez. Y siempre lo recibo haciendo arte".

De las propiedades curativas del arte siempre se ha hablado, así como de su capacidad de transformación. Es muy frecuente encontrar en los talleres o incluso, instituciones académicas, a alumnos que médicos y psicólogos recetaron el estudio de estas artes; existe toda un sector de la teoría que las propone, directamente a modo de terapia.

¿Pero hasta qué punto la ciencia ha comprobado la efectividad de estas terapias? Si la música salvó a la cantante; el teatro ayudó al director, y el arte evitó el suicidio de un artista, no quiere decir que en todos los casos funcione de esa manera y que pueda sostenerse con alguna seguridad como una fórmula general; esto, porque a la par de estos ejemplos, hay decenas en las que las artes, por el contrario, han demostrado tener propiedades "destructivas" para los artistas que, de sufridos, tienen mucho, provocándoles verdaderas patologías (los actores y actrices conocen muy bien, por caso, los riesgos de algunas metodologías como la de la llamada memoria emotiva).

En su texto sobre la experiencia estética, Hans Jauss habla de la poiesis -una antigua categoría griega-, como del "placer producido por la obra hecha por uno mismo". Se podrá advertir que el placer, de antemano, parece ubicarse como un efecto positivo. Pero, indudablemente, hay un costo que pagar.

En toda persona existen, pero en el caso de los artistas, la lucha es más desesperada entre Eros y Tánatos, la pulsión de vida y la de muerte. Y aunque la batalla no se resuelva, definitivamente, de uno u otro lado, sus heridas quedan marcadas en el cuerpo, con mayor o menor evidencia.

Recetar el arte, así, en términos generales, como una tabla salvadora, es un riesgo. El arte no cura, no salva, pese a que, en determinados casos, puede tener efectos positivos sobre las personas. Y de su capacidad de transformación, tampoco puede hablarse como una norma; menos, en términos de si se piensa en que puede modificar la realidad social.

Es momento de abandonar fórmulas facilistas, y de asumir a las artes como una actividad creativa y productiva, sin mas, que puede enriquecernos, como un verdadero ejercicio de libertad creando otra realidad.